viernes, 28 de mayo de 2010

27

Teresa es propietaria de una tienda de peletería y está locamente enamorada de mi hermano. Y aunque él sigue bebiendo mucho y se coloca de continuo, tiene un comportamiento de lo más cordial, distinto al de anteriores ocasiones, como si esta vez la fiesta de la familia fuera algo más que una nueva ocasión para aturdirse absurdamente hasta caer rendido.
Le noto más distendido y tranquilo, deseoso de hablar, disfrutando de la compañía de los demás, participando incluso.
Hasta se preocupa por los perros que tienen en el chalet y para los que ha pedido al camarero que le guarde los restos del arroz en unas bolsas.
A lo mejor es tan solo una impresión mía, pero intuyo que me está haciendo semejantes confidencias como reconocimiento por los viejos tiempos. Para mi sorpresa habla y habla sin parar de los planes que tienen Teresa y él; yo no puedo creérmelo, me froto los ojos de contento cuando me viene a la cabeza el recuerdo de escenas de inusitada violencia en alguna de esas noches de celebración. En concreto una escena horrorosa de las navidades de dos años atrás, cuando estuvimos hablando durante horas en una habitación destrozada por su rabia. Pero él ahora parece otra persona, más relajado y seguro de sí mismo, dispuesto a seguir adelante, a concederse esta nueva oportunidad y experimentar la nueva vida sin dobleces ni imprevistos locos. Deseoso de seguir a Teresa en todo lo que le ofrece abiertamente. Me dice que tiene planes que incluyen reiniciar sus clases de inglés en el colegio que le ha contratado el curso anterior. Está más locuaz y divertido que nunca y en medio de cada frase aparece el nombre de ella, también su incredulidad por tenerla a su lado, su bendita entrega, su paciencia infinita con él, su decidida apuesta por el hombre del que está enamorada. Y mi hermano no puede dejar de asentir ante ese milagro nuevo que le ha sucedido cuando ya estaba en tiempo de descuento. “Es una cría, una niña, me dice para justificar la pasión que ella pone en todo lo que hace, en la relación de los dos. “Me cuida con auténtica devoción. Resulta todo tan fácil y tranquilo a su lado. No quiere líos y preocupaciones. Bastante ha pasado la pobre. Ahora quiere ser feliz y sentirse bien. Se lo impone como un deber. Es muy joven pero me da lecciones sobre qué se debe esperar de la vida. Tendrías que verla, me reprende si me ve triste, me dice que no tengo derecho a estarlo, que así me perderé lo mejor de mí mismo y que me prefiere como me encontró, divertido y abierto, algo achispado pero razonador. Si hasta con los mocosos me lo paso de miedo”. Como me dijo Teresa más adelante en el poco rato que la vi por primera y última vez, sus hijos lo adoraban, lo habían aceptado sin periodo de pruebas porque él se había acercado a ellos con total naturalidad, sin tretas de adulto ni artimañas inútiles. “Lo quisieron desde el primer día, me dijo. Sucedió así, sin pretenderlo”.

viernes, 7 de mayo de 2010

26

Estoy con mi hermano en la cena que todos los años se hace por el santo de nuestra madre en un restaurante de La Dehesa cercano al Saler. Él está en los inicios de una relación que lo tiene moderadamente feliz. Cuando habla de Teresa, a la que lleva once años, lo hace con una intensidad desacostumbrada en él, casi con devoción y la clase de respeto desconocido para mí cuando habla de mujeres. Es un hombre lleno de gratitud porque una mujer le está devolviendo las ganas de vivir. Si no la vida al menos las ganas de vivir. Es tan extraño oírle hablar así. Que no le cueste reconocer que hay personas que se interesan por él y tienen toda clase de buenas intenciones sin pedir nada a cambio. Yo lo miro fascinado. Pienso que nunca antes le he oído semejante confesión. Nunca ha hablado tan seguro de algo, tan a favor de las mujeres. Porque mi hermano no suele perder el tiempo en cumplidos, sabe que gusta de entrada y que ellas son muy capaces de ponerse en ridículo por él. Su vida siempre ha sido ir y venir de unas a otras y, aunque ellas compiten ilusionadas por él, lo único que les ha reconocido siempre es el mérito de su compañía para pasar un rato agradable, pero no las quiere mucho más de eso, incluso las juzga con severidad y dureza cuando pretenden concederse derechos que él no les ofrece, por ejemplo, el de disponer del resto de la vida del otro. Nunca ha ido en busca de la compañía femenina porque tenga miedo de encontrarse sólo o por la soledad misma. A mí me ha confesado muchas veces que las mujeres no le han sacado de su perpetua insatisfacción vital. Ahora con los cuarenta ya cumplidos y una larga experiencia de sobresaltos por culpa de las drogas dispone de una nueva oportunidad para intentar ser feliz con Teresa y encauzar su vida. Le veo como si fuera un niño grande, pero consciente de que regresa a un tiempo desconcertante y prometedor donde está sintiendo cosas nuevas de incalculable valor, momentos auténticos en brazos de una divorciada con dos hijos pequeños que vive en el campo a veinte kilómetros de Valencia.